martes, 11 de diciembre de 2007

Gigantes


Más allá de la leyenda

En busca del Primer Gigante

Cuando en la Tierra reinaban todavía los grandes saurios, aparecieron los primeros mamíferos. Eran como ratones pequeños y traían novedades encantadoras: peluditos, tibios, vivaces, con ojillos nerviosos y aguda nariz inquisitiva. Sus hembras poseían unas glándulas de las que brotaba el gran invento, ¡la leche!

Comenzaba de verdad a existir la mamá en la faz del planeta. Por primera vez había criaturas que desde el instante de nacer se iniciaban en la noción primordial de la ternura expresada en tibieza, leche, olor y arrullo.

Andaban asustados casi todo el tiempo. Si tenían que salir huyendo a escape, su única esperanza de salvación consistía en su habilidad para correr en ángulos cerrados y cambiar bruscamente de dirección, porque lo que es en línea recta...

Los pasos seniles de un brontosaurio decrépito lo hacían avanzar a unos seis metros por segundo, es decir, recorría 100 metros en menos de veinte segundos; no la marca de un campeón olímpico, pero sí la carrera a máxima velocidad de un hombre común de unos treinta años. Y el anciano brontosaurio en cuestión podía mantener su velocidad por horas y horas. ¡lmaginémonos ahora la velocidad que debe haber alcanzado un joven y atlético Tyranosaurus Rex estimulado por el deseo de desayunar!

Los grandes saurios tenían Botas de Siete Leguas, como el gigante del cuento, por la sola longitud de sus pasos. Pero no nos interesan aquí los grandes saurios. Como gigantes resultan demasiado fósiles. Lo que sí resulta interesante es que de aquellos primeros mamíferos, animalejos diminutos, fueron naciendo cachorros cada vez más grandes.

Grabado inglés del siglo XVIII, época en que la gente aún creía en la subsistencia de los gigantes.Hasta que llegó el Mioceno, hace cosa de 25 millones de años; y la Tierra pareció conmovida por la moda de mamíferos gigantes. Apareció el gran Mamut con el Mastodonte, el Megaterio, el Dinoterio y el Milodón. El Rengífero, un arcaico pariente de los ciervos, más grande que un gran caballo, cuernos de 4 metros. El gran Oso de las Cavernas, de 5 a 6 metros de alto cuando se alzaba sobre las patas traseras.

Los caballos crecieron desde el tamaño de un perrito fox terrier hasta la alzada, comparativamente enorme y majestuosa, de un "pony" de las Shetland o un "mampato" de Chiloé, en el sur de Chile. Claro que después los caballos siguieron creciendo, y los ponys y mampatos de hoy parecen juguetes al lado de un percherón de tiro pesado.

De estos animales enormes, muchos sobrevivieron el paso de los siglos y más siglos, tanto, que aún existían en la Tierra cuando el hombre apareció. Y de éstos, varios siguieron existiendo cuando el ser humano ya había evolucionado hasta convertirse en el hombre moderno, hace unos diez mil años.

Uno de ellos fue el jabalí gigante, que tenía una calavera de un metro con sesenta centímetros de largo. Debe haber sido tan grande como un elefante menudo, pero endiabladamente ágil y dotado de una fuerza formidable. Además tenía un carácter tan malvado e irascible como los jabalíes de hoy.

De esto dan testimonio las tradiciones y leyendas de los primeros griegos que relatan los destrozos causados por tales bestias, el número de valientes cazadores que perecieron intentando darles muerte hasta que llegaba un héroe especial, bendito por los dioses, que conseguía atraparlos. Teseo, el héroe aqueo, mató a uno de esos jabalíes.

Cuando los hombres de nuestros días se enteraron de esas leyendas creyeron que sólo se trataba de fantasías y exageraciones. Pero en la década de 1950 los paleontólogos encontraron numerosos restos fosilizados de estos monstruos, que corresponden muy bien a la descripción hecha por los poetas griegos que, al parecer, no eran ni mentirosos ni exagerados. Quizás sólo un poco aficionados a las alegorías y parábolas.

De los grandes mamíferos prehistóricos, llamados también "antediluvianos", el Megaterio hallado en el Cerro Blanco, en las cercanías de Santiago de Chile y el Milodón hallado en una inmensa caverna en la región magallánica, vivieron hace unos diez mil años también, y posiblemente su extinción se haya debido a que eran presa demasiado lerda para los siempre hambrientos inmigrantes humanos.

El milodón magallánico estaba dentro de una caverna que daba muestras de haber sido albergue de seres humanos. Resulta lícito preguntarse si no habrá sido llevado hasta allí por un grupo de felices cazadores. Claro que, admitámoslo, esos cazadores tendrían que haber sido fantásticamente forzudos. Deberían haber tenido verdaderas fuerzas de gigante para arrastrar hasta su albergue, montaña arriba, una presa de varias toneladas.

Pero no nos adelantemos a los hechos. Estamos todavía en busca del primer Gigante, y más vale que lleguemos a él de inmediato. El más antiguo gigante conocido por la ciencia murió hace unos trescientos mil años en lo que hoy es el Sur Este de China. Sus restos fueron encontrados por el célebre paleontólogo oriental Dr. Pei Wen Chung. Se encontraban en satisfactorio estado de conservación y pertenecían a un hombre bastante joven... ¡de tres metros cuarenta centímetros de alto! A su lado, un campeón watusi habría parecido un chiquilín escuálido.

Hasta los gigantes crecen

Era un descubrimiento portentoso. Pero pronto fue sobrepasado por otro hallazgo hecho por militares franceses pocos años después en la región de Agadir, al Norte de Africa. Allí los arqueólogos encontraron un taller de la Edad de la Piedra Tallada, paleolítico avanzado, donde se apreciaban los utensilios y herramientas comunes a los demás yacimientos o "estaciones" arqueológicas de dicha Edad de Piedra. La única diferencia estaba en el tamaño de los utensilios, armas y herramientas... ¡que era veinte veces mayores que las normales! De acuerdo a sus dimensiones y su peso, debían haber sido hechas y usadas por hombres cuya estatura seria entre 4 metros 20 y 4 metros 60 centímetros. Al lado de estos gigantes moros, el gigante chino se habría visto como un niñito.

Cuesta imaginarse la enormidad de un gigante de 4 metros y medio, sobre todo porque la ilusión difundida por el cine, con fantasiosos geniales como Walt Disney, nos han habituado a la imagen de gigantes de treinta metros de alto. La verdad es que un gigante de Walt Disney es por completo un absurdo físico y biológico en nuestro planeta. De haber existido un gigante así, se habría derrumbado y roto su esqueleto bajo la mole de su propia carne. No habría podido dar un paso. Habría caído, quizás de espaldas, y pronto su carne aplastada habría estallado en llagas, mientras que la piel tensa de la parte superior se habría rasgado, junto con las membranas de los órganos. El desdichado habría perecido miserablemente víctima de su propia enormidad, inmovilizado como una ballena azul varada en la costa.

Pero cuatro metros y medio es un tamaño realmente portentoso en términos humanos. Ningún caballero armado de lanza, espada y armadura resplandeciente habría tenido ni la más remota posibilidad de enfrentarlo. El gigante habría visto al caballero más o menos de la misma manera como Ud. podría ver a un niñito de tres años montado en su triciclo.

Y sin embargo, ante los ojos espantados de la Ciencia, todavía faltaba algo más por descubrir. Estaba en Gargayán, Filipinas.

Se trataba de un gigante prehistórico cuyos dientes delanteros, los incisivos, tenían cada uno cinco centímetros de ancho por quince de largo. Con infinitos cuidados fueron desenterrando los huesos ennegrecidos por la humedad y el tiempo que los habían puesto frágiles. Eran huesos humanos y humano también era el cráneo. Lo que no era humano en absoluto era el tamaño del difunto: ¡cinco metros con dieciocho centímetros de esqueleto! En vida, aquel gigante debe haber alcanzado una estatura de cinco metros cuarenta centímetros.

Ahora los gigantes del Agadir eran los llamados a parecer niños al lado del recién aparecido en la escena científica de los gigantes.

Las proporciones del gigante filipino no diferían sustancialmente de las proporciones de los humanos comunes de la misma época. Su capacidad craneana era mezquina pero indiscutiblemente humana y con posibilidades de desarrollar una cultura.

El gigante de Gargayán es el ser humano más grande que han encontrado los hombres de ciencia en todo el planeta. Y en verdad sus dimensiones resultan colosales, como se puede apreciar en la ilustración.

El poderío de su musculatura necesariamente ha de haber sido formidable para desplazar con rapidez la masa de su corpachón. Su inercia a la carrera, su capacidad de choque, debe haber sido comparable con la de un gran bisonte. Era el campeón indiscutible. Armado de un buen garrote, o de una lanza con punta endurecida al fuego, el gigante de Gargayán no tenía enemigos grandes. Ni siquiera el Oso de las Cavernas tenía posibilidades de medirse con este adversario que unía a sus fuerzas enormes los recursos de una inteligencia humana aunque rudimentaria.

La vida del gigante debe haber transcurrido plácida, libre de temores y sin otra preocupación que las que le dictasen la curiosidad, el sentimiento religioso o el amor.

Y sin embargo, desapareció junto con sus parientes. Fueron otros humanos, infinitamente más debiluchos y aproblemados, los que se enseñorearon de la Tierra, mientras el recuerdo de los gigantes iba siendo lavado por las lluvias de inviernos inmemoriales, terremotos y diluvios, hasta que quedaron relegados al reino ambiguo de la leyenda.

Y es a través de la leyenda que podemos intentar conocer algo más sobre ellos.

Escarbando en el Arte y la Leyenda

En las leyendas del mundo hay gigantes por doquier, pero en general se les menciona en contextos desordenados, caóticos y confusos, de donde es muy difícil extraer una sencilla luz de verdad.

Las primeras tradiciones y leyendas que nos hablan con claridad de gigantes específicos, son los poemas épicos de los antiguos griegos. En la Grecia antigua, antes del descubrimiento del Alfabeto, existían unos hombres muy respetados a quienes se llamaba Aedos, que quiere decir "Cantores". Ellos tenían una misión delicada que no podían traicionar bajo pena de gravísimos castigos: la misión de narrar para la gente, en forma bella y vívida, todo el conocimiento histórico de la tribu, la aldea, la ciudad y los dioses.

Los oyentes casi siempre conocían también esas historias a la perfección, pues las habían escuchado de sus propios padres y de otros aedos; pero el arte del poeta era tal que los griegos no se cansaban de volverlas a oír. Como los aedos eran también viajeros que recorrían toda Grecia y sus islas, recogían en sus giras nuevos detalles que iban incorporando a sus poemas. Así, mucho antes de que hubiera libros, los griegos disponían de sus poetas como si fuesen verdaderos libros vivos, a quienes jamás se les hubiera ocurrido alterar la tradición o la leyenda introduciendo elementos fantasiosos o mentiras como adorno.

El gigante Atlas cargando el mundo.Fue así como el arqueólogo alemán Schliemann, por el simple procedimiento de seguir las indicaciones dadas por el aedo Homero en la Ilíada logró descubrir las ruinas de la fabulosa ciudad de Troya, que otros habían buscado inútilmente hasta el extremo de que muchos ya suponían que Troya nunca había existido en realidad. Quedaba una vez más probado que los poetas griegos no mienten y, por el contrario, son muy detallados y cuidadosos al dar fechas, nombres e indicaciones geográficas sobre los hechos que cuentan en sus poemas.

En estos poemas, la mención más antigua a un gigante específico se refiere a un semidiós, el gigante Atlas. Cuando los aedos hablan de dioses o semidioses, dan a entender que no se trata de gente verdadera, personas de carne y hueso, dotados de una piel y una identidad. Es el caso de Atlas, cuya misión consistía en sostener el cielo con sus espaldas.

Así, pues, no tomaremos en cuenta al gigante Atlas entre los gigantes de carne y hueso.

Pero leyendas de la misma época, cien siglos antes de Cristo, aproximadamente, hablan de otro gigante que sí era de carne y hueso. Se llamaba Gerión y vivía en una isla situada a sólo un par de millas de la tierra firme, al Noreste de Africa, muy cerca de lo que ahora es el estrecho de Gibraltar. En su isla, de nombre Eritia, el gigante Gerión se dedicaba a pastorear rebaños de vacunos rojos, que a su lado deben haber parecido corderos.

Los griegos oyeron hablar de sus magníficos rebaños y, según cuentan las leyendas, enviaron a otro semidiós, Hércules, a arrebatárselos.

Como decíamos antes, cuando los griegos hablan de dioses o semidioses no se refieren a personas reales, salvo en las tradiciones más tardías. Esto se comprobó una vez más con descubrimientos recientes sobre inscripciones cretenses, que permiten comprender que la palabra "herakles" no era un nombre propio, sino el nombre de un cargo público, así como "sufeta" para los cartagineses o "cónsul" para los romanos.

Debemos entender entonces que uno o varios reyes de la cultura cretense, que incluía a la arcaica Atenas y a Micenas, decidieron enviar a una expedición a cargo de un "hércules" o general, con la misión de apoderarse del ganado del gigante Gerión, que seguramente era una novedad para esos pueblos que acaso no conocían sino vacunos salvajes como el uro. Podemos imaginar el valor inmenso que suponía el disponer de ganado manso y productor de leche, una raza producida por muchas generaciones de selección genética, pues el vacuno doméstico jamás existió en estado salvaje.

De acuerdo a la leyenda esta expedición cruzó el país de los ligures, al sur de Francia, llegó por los Pirineos hasta España; atravesó Andalucía y llegó por un collado paralelo a Valcarlos hacia la costa atlántica. En ese collado hay una torre antiquísima, edificada al parecer en los tiempos del Neolítico, que se llama "El Fuerte Urucles". No es preciso ser muy perspicaz para advertir su relación con "el fuerte de herakles", transformado por la pronunciación local al paso de los siglos.

Los expedicionarios y su herakles obligaron a los habitantes de la costa a facilitarles embarcaciones. La leyenda incluso menciona que Hércules estuvo enfermo durante la travesía, lo que puede entenderse como que se marearon por la navegación a través de un estrecho correntoso y agitado. No se dan detalles en los poemas tradicionales acerca de la lucha contra el gigante Gerión. Al parecer, tomado de sorpresa, el gigante y los suyos no atinaron a oponer mucha resistencia. Quizás, como avezados ladrones, los griegos atacaron de noche, mientras Gerión y sus parientes dormían.

La expedición fue letal para los gigantes. No sólo perecieron Gerión y su familia sino también otros gigantes que allí moraban. El mayoral a cargo de los pastores de bueyes era otro gigante que también pereció a manos de los griegos.

Después de esta expedición, los griegos se sintieron expertos en matar gigantes y prepararon una segunda expedición, esta vez hacia el continente. En un lugar cercano a lo que hoy es la ciudad de Tánger, existía un vergel de fabulosa exuberancia, con vastas tierras de cultivo y huertas, que en el mundo del Mediterráneo era conocido como "el Jardín de las Hespérides". Rey del lugar era otro gigante de nombre Anteo, el cual era yerno del mítico gigante Atlas, pues se había desposado con sus tres hijas. Las damas también eran gigantas, por supuesto.

Anteo mantenía una política de fronteras cerradas, y por orden suya, todo aquel que cruzara sus fronteras era ejecutado y su cráneo se agregaba a la lúgubre hilera de trofeos que rodeaba el Templo de Neptuno, dios tutelar de Atlas, de Anteo, del difunto Gerión... y de los Atlantes, cuya isla por aquel tiempo aún no se había hundido en el océano.

Parece ser que en el reino de Anteo, como en el de Gerión, los gigantes constituían la nobleza y los hombres de tamaño común eran sus vasallos. En todo caso, los gigantes no deben haber sido numerosos. La verdad es que ningún ejército griego, por aguerrido que fuese, hubiera podido enfrentarse a un batallón de gigantes, sobre todo si éstos pertenecían a la raza del Agadir neolítico, de cuatro metros cincuenta de altura, ágiles moles de músculos y hueso que pesaban alrededor de 600 kilos.

Cuando el poeta dice sin decir

Los relatos de los aedos griegos se han perdido en su mayor parte. Los fragmentos que han llegado hasta nuestro tiempo bastan sólo para que, pacientemente, podamos reconstruir sobre indicios el relato vívido de los hechos sucedidos en la aurora de la civilización.

Debe haber sido aterrador el espectáculo de uno solo de aquellos gigantes batiéndose contra una treintena o medio centenar de hoplitas armados de arcos y de lanzas afiladas de bronce nativo, arsenical, forjado a martillo.

Los hoplitas buscan herir al gigante en las ingles para seccionarle la arteria femoral; le ciegan lanzándole incesantes flechas y jabalinas a la cara, mientras otros intentan hundirle lanzas por detrás de las rótulas para lisiarle las piernas, o el tendón de Aquiles y los tobillos. Pero el gigante es devastador; a cada golpe que acierta su hacha un griego cae aniquilado. No hay escudo ni yelmo que pueda atajar el poder demoledor del arma.

Pero las armas griegas hieren profundo, el monstruo sangra y a cada instante los veloces adversarios le abren nuevas heridas que lo debilitan y exasperan haciéndolo perder el tino de sus hachazos y desperdiciar sus fuerzas menguantes en golpes vanos. Más de un griego que se ha zambullido en el polvo para esquivar un hachazo lo hiere con su lanza desde abajo, buscando acertarle en los genitales.

La lucha será definida por el número. Si el gigante logra exterminar suficientes hoplitas, los demás comenzarán a cansarse, ya no podrán herirlo de todos lados al mismo tiempo, y el hacha de cincuenta kilos irá cortando corazas, cuero y hueso como si fueran pulpa, hasta que los últimos griegos huirán por sus vidas, corriendo en todas direcciones.

Pero el gigante debe desequilibrar pronto la balanza a su favor porque su tiempo es breve, está perdiendo mucha sangre. De pronto un dolor lacerante, insoportable, le nubla la vista. Una lanza se le ha encajado en la articulación de la rodilla izquierda, penetrando en el cartílago de unión por detrás de la rótula. Trata de retroceder pero la pierna no le obedece y el gigante se derrumba. Antes que termine de caer, ya un griego le está encajando su lanza por una axila, empujándola con todo el peso de su cuerpo. Las demás puntas hacen amargo enjambre sobre su rostro, buscan abrirse paso en sus entrañas...

Esta novelesca descripción del combate entre los guerreros griegos y un gigante del Jardín de las Hespérides, en realidad está basada en descripciones del modo de usar su armamento los hoplitas, según aparece en los relatos de combate. Es muy ilustrativo, por ejemplo, el relato del combate entre los héroes Etéocles y Polinices, frente a los muros de Tebas. También utilizamos aquí las descripciones del tipo de herida que se buscaba inferir a los elefantes de guerra enfurecidos, en especial según Polibio de Megalópolis. Es claro que los griegos, desde tiempos inmemoriales, tenían un excelente conocimiento práctico de la anatomía.

Tres veces consecutivas el ejército del gigante Anteo fue vencido por los griegos del herakles.

Dice la leyenda que Anteo era un gigante "hijo de la Tierra" y por lo tanto, cada vez que entraba en contacto con ella, recobraba sus fuerzas. Por eso, "Hércules lo rodeó con sus brazos", reteniéndolo sin dejarlo retomar contacto con su tierra madre, hasta que lo mató. Muy bien dicho y muy claro para aquel que sepa entender el lenguaje de la poesía épica.

Cuando se dice que Blücher acorraló a Napoleón con sus caballos en la batalla de Waterloo, Ud. no pensaría que el general prusiano, con un hato de caballos, metió al emperador francés en un corral, ¿verdad? Uno comprende que se trata de narrar de un modo figurado y sintético como la caballería del general Blücher realizó movimientos envolventes contra las tropas francesas.

De igual manera, los poetas griegos dan a entender que el gigante Anteo, que era hijo del lugar, o sea un nativo, podía reponer en sus compañías las bajas ocasionadas por los griegos, con tropas de refresco, a pesar de las derrotas experimentadas en los combates anteriores.

Entonces el general o "herakles" de los griegos-minoicos discurrió una maniobra envolvente que cortó la retirada del gigante y sus hombres hacia la retaguardia, impidiéndole así rehacer sus filas. De esta manera logró el herakles destruir el ejército de las Hespérides, aislar a los guerreros gigantes y darles muerte.

Dicen las leyendas y tradiciones que la tumba de Anteo era un foso de 17 metros de largo. Es posible que no haya exageración alguna en ello, si pensamos que los rituales fúnebres de un Rey como aquel gigante solía ser dotada de tesoros, esclavos y utensilios, además del catafalco, para que el Rey entrase al más allá como corresponde a su status. Podemos visualizar, así, que el gigante Anteo bien puede haber pertenecido a la raza del Agadir y que su estatura habrá sido de más o menos 4.5 metros.

Este relato de las expediciones de "Hércules" hacia el Atlántico está lleno de sugerencias misteriosas que involucran la existencia del mundo hoy sumergido de la Atlántida. Los gigantes eran una aristocracia que al menos se mantenía en estrecha comunicación con los atlantes, tanto, que a menudo los griegos se refieren a los africanos del norponiente como "los atlantes". Pero es asunto aparte. Aquí sólo queremos reunir lo más que se sabe respecto de los gigantes mismos.

PolifemoLa tercera aparición de los gigantes auténticos en las sagas griegas está en la Odisea, el poema en que el aedo Homero cuenta las penurias del viaje de Odiseo de regreso a su hogar después de la destrucción de Troya mediante su ardid del Caballo. Nos referimos al Gigante Polifemo, que habitaba también en una isla, con otros gigantes como él, dedicados al pastoreo de carneros.

Esta raza de gigantes era la de los cíclopes, que en griego quiere decir "ojos redondos". De Polifemo se dice que tenía un solo ojo situado en lo que para nosotros es el entrecejo. Lo describe Homero, además, como un débil mental de reacciones parecidas a las de un mongólico.

La historia de Odiseo (o Ulises) y Polifemo es muchos siglos posterior a las historias de Hércules. Han transcurrido miles de años desde la captura del Jardín de las Hespérides, y la descripción de los cíclopes no tiene nada que ver con la de los reyes gigantes anteriores.

Cabe preguntarse si en los siglos intermedios, la raza del Agadir estuviese ya presentando síntomas claros de degeneración genética, con vástagos que adolecían de malformaciones innatas y con un desarrollo cerebral francamente decaído.

¿Por qué esta trágica decadencia genética?

Una de las causas posibles puede estar en una dramática disminución del número de los gigantes en un momento determinado. Se sabe que las especies exigen un número mínimo de ejemplares capaces de entregar aportes genéticos. Por debajo de ese número crítico de individuos, la especie parece perder su deseo de vivir y han sido observados numerosos casos de extinción inevitable a pesar de los esfuerzos por reproducir artificialmente un número pequeño de ejemplares sobrevivientes.

De acuerdo a las leyes de la genética, uno de los problemas más agudos del pequeño número de aportes genéticos es la duplicación de los caracteres recesivos dañinos. Rara vez seres humanos están dispuestos a eliminar a sus hijos que presentan deficiencias genéticas, o a impedirles el derecho a la reproducción. La última experiencia masiva en tal sentido fue hecha por los nazis.

Es, entonces, posible que los cíclopes hayan sido el espectáculo de los últimos estertores de una raza otrora magnífica que presentaba las lacras de la degeneración por taras hereditarias reforzadas por el matrimonio entre parientes demasiado próximos, como es de suponer que ocurriría en una pequeña isla.

En cuanto al parentesco de Polifemo con sus antepasados Gerión y Anteo, queda sugerido por la coincidencia de que Polifemo también era "hijo de Poseidón". Es decir, de la estirpe de los "atlantes".

No vale la pena repetir aquí la tan conocida historia de como Odiseo y sus piratas griegos engañaron al gigante, lo dejaron ciego, y lograron huir de aquel lugar siniestro. Baste con hacer notar que las fuerzas y el tamaño del cíclope han de haber sido suficientemente grandes para que la banda comprendiera su imposibilidad de hacerle frente. ¡Y eran todos guerreros veteranos, poderosos, fogueados en la guerra de Troya y en cien aventuras de luchas y saqueos!

Después de los Aedos

Después de estos gigantes de las leyendas griegas, todos relacionados con el gran Poseidón, dios del Mar, las referencias se hacen nuevamente confusas. El espíritu ático se esfuma. Mientras que los gigantes de los cuales los griegos dan noticia no tienen nada de mágico, poco a poco van apareciendo nuevas historias de gigantes ahora dotadas de tonos de brujería.

Pero antes, por cierto, debemos recordar a Goliath, aquel gigante de los filisteos que sembraba el terror ante los israelitas, hasta que apareció el joven predestinado, David, futuro rey de Juda, que siendo un muchachito pastor, atinó a propinarle un hondazo en el cráneo que lo derribó semi inconsciente. El relato bíblico hace suponer que Goliath en realidad no era un auténtico gigante como los del Agadir, sino simplemente un hombronazo excepcionalmente grande de acuerdo a las medidas de la época. Esto queda probado especialmente por el hecho de que David, después de descalabrar a Goliath, le quita la espada, y con ella lo decapita.

Ningún ser humano de tamaño corriente habría logrado empuñar una espada confeccionada para los verdaderos gigantes. No sólo por el peso del arma, sino por la incapacidad de la mano para sujetar la colosal empuñadura.

Baste señalar que los simples raspadores de pedernal, labrados a dos caras, que se usaban como una especie de cortaplumas con sierra en la Edad de Piedra, tienen un peso que oscila entre los 180 y 350 gramos. Los raspadores de pedernal equivalentes, encontrados en el taller del Agadir pesaban 8.000 gramos. Y por su tamaño, no hay mano, ni siquiera de europeos modernos, atléticos y altos, capaz de manipular tales instrumentos. Así, pues, desdeñaremos a Goliath como un auténtico gigante.

Y nos vemos impelidos a dar un salto en el tiempo hasta el Siglo V después de Cristo, cuando en las leyendas europeas comienzan a proliferar las historias de los gigantes en un mismo contexto que las Hadas, los Elfos y los Gnomos.

Los gigantes comienzan a ser llamados también Ogros y Trolls, y se les muestra dotados no sólo de gran fuerza sino también de poderes sobrenaturales y objetos mágicos. De hecho la palabra escandinava Troll significa Magia, Hechicería, Mago o hechicero, se dice Trollman en idioma sueco moderno.

Una de las causas de este cambio en la manera de mostrar a los gigantes podría buscarse en el simple hecho de que tales gigantes ya no estaban ahí para desmentir las fábulas tejidas a su costa, y la noción de gigante quedaba librada al arbitrio de las consejas y cuentos para entretenerse durante las noches del largo y frío invierno europeo. Ya no existían los Aedos, para quienes era asunto de vital importancia mantener la verdad y la pureza de los relatos. Ahora había campo para el fantaseo.

Sin embargo, la fantasía no se levanta sobre el vacío. Siempre hay una base real, concreta, aunque se encuentre hundida bajo cúmulos de ilusión. Por ejemplo, los ogros, los trolls y los gigantes medioevales tienen en común algo importante que los relaciona con el decadente Polifemo de la Odisea. Son notablemente tontorrones, prácticamente unos débiles mentales, y se les muestra como seres más bien deformes y muy feos. Como si la última imagen de los gigantes fuese la de la decadencia genética.

El célebre poema Anglo-Danés "Beowulf" comienza con la historia de un gigante que vivía en Jutlandia y que por las noches entraba subrepticiamente hasta el mismo "Hall" del rey para robar seres humanos con los que se alimentaba en su guarida situada en lo más profundo de una ciénaga. Su presencia infundia tal espanto que hasta los más valientes vikingos se sentían desfallecer y no lograban impedir que el monstruo se fuera llevando, uno a uno, a sus compañeros.

El héroe Beowulf logra herir gravemente al gigante, que parece, por el detalle de las descripciones, haber medido alrededor de tres metros. Este, sorprendido por el dolor, ya que su carne jamas había probado el amargo filo de la espada, sale huyendo aunque sin abandonar su presa. Boewulf lo persigue "hasta el fondo del pantano".

Ciertamente el héroe no tenía agallas ni ningún artilugio para respirar bajo el agua. Debemos entender, aquí, que lo más profundo del pantano está dicho como quien habla de "lo mas profundo del bosque" o "lo más profundo de la noche", es decir, el centro mismo del lugar más inaccesible.

Durante la persecusi6n, Beowulf logra herir varias veces al gigante que se llamaba Wendel, pero éste finalmente logra huir y muere junto a su madre con la cual moraba en la fétida guarida. La giganta a su vez, enfurecida, procura tomar venganza contra el héroe. Trágico e inútil intento. Beowulf también da cuenta de ella.

A pesar del carácter diabólico que en el poema le atribuyen a ambos monstruos, los hechos concretos los muestran como humanoides bastante bestiales e incluso poco eficientes en el arte del combate inteligente. Como si ya su cultura se hubiera esfumado en el simple uso de la fuerza.

Por otra parte, muchos de los caracteres mágicos de los gigantes pueden originarse en la observación de ciertas características inherentes a un tamaño descomunal. Un ser de más de tres metros de altura y posiblemente de un peso cercano a la media tonelada, debe haber tenido una piel muy gruesa y dura en términos humanos. El pelo también debe haber sido notablemente grueso y lanudo. Sintiéndose ajenos a la idea de humanidad, es muy posible que en realidad hayan practicado la antropofagia, como Polifemo y el Wendel. Y la desmesurada longitud de sus pasos han dado la impresión de que se desplazaban a velocidades inauditas mediante recursos como las botas de siete leguas. Hay observaciones posteriores de gigantes verdaderos, hechas en el siglo 16, que hacen hincapié en la portentosa velocidad de su carrera.

El libro de Pigafetta

En plena gloria del Renacimiento europeo, nació en Italia Antonio Pigafetta, en el seno de una familia aristocrática pero empobrecida. El chico resultó agraciado de facciones, aunque un poco flacuchento. Pero cuanto le faltaba en fuerza física lo compensaba con una excelente salud y una inteligencia aguda, reforzada por un penetrante sentido de la observación. Siendo todavía un niño se granjeó las simpatías y la protección de uno de los secretarios del Papa León Décimo, quien lo llevó a Roma. Así, Antonio Pigafetta pudo ingresar a las mejores universidades de su tiempo cuando apenas entraba a la mocedad. Y en plena adolescencia tenía ya asegurada una brillante carrera en la diplomacia cortesana de la fastuosa Europa. Sin embargo, el muchacho estaba llamado a un destino especial. En 1518 escuchó hablar acerca de una expedición naval que el emperador Carlos Primero de España, y Quinto de Alemania, enviaría hacia los mares del sur en procura de un paso hacia el océano mas allá del recién descubierto Nuevo Mundo.

Pigafetta se sintió poseído por las ansias de participar en aquel viaje de descubrimiento. Colón había demostrado que la Tierra era redonda y que las naves que navegasen siempre hacia el poniente acabarían por regresar desde el oriente al punto de partida. Se trataba de dar la vuelta al mundo por primera vez en la historia de la humanidad.

Ante el fervor científico de Antonio Pigafetta, todas las perspectivas de riqueza y triunfos cortesanos le parecían insulsas. Recurriendo a cuantas influencias tuvo a su alcance, logró al fin que el Rey de España lo asignara a la tripulación de la nave almiranta, como una especie de Secretario de Hernando de Magallanes.

El Almirante se puso furioso. ¿Para qué demonios quería él un secretario? Y menos todavía un hijito de su papá, lleno de recomendaciones frailunas que por principio ofendían al poco santo marino.

Sin embargo, a poco del zarpe, en agosto de 1519, el joven italiano habíase ganado las simpatías del viejo marinero portugués, y de sus apuntes de bitácora, más las notas personales de Antonio Pigafetta, surgió uno de los libros científicos más interesantes del Renacimiento. El Libro de Pigafetta. Y es aquí donde quedaron impresos los últimos testimonios científicos acerca de gigantes vivos.

Habían pasado más de once mil años, quizás más de doce mil desde el testimonio de los Aedos sobre los gigantes del noroeste de Africa.

Nuevos hallazgos y nuevos misterios

No bien el libro salió de la imprenta, ya el coro de los detractores se elevó escandalizado. Primero, lo trataron simplemente de "marinero mentiroso", como lo hicieron con el ilustre Marco Polo. Al correr de los siglos ya no lo trataron de mentiroso sino de ingenuo, estúpido y exagerado. No fue nada de eso y Charles Darwin le rindió el homenaje de llevar un ejemplar de su libro al emprender su viaje en torno al mundo con el Comandante Fitzroy.

Hubieron de transcurrir 443 años para que la ciencia rehabilitara la validez de las descripciones de Antonio Pigafetta. Fue en el otoño de 1962. Y la reivindicación vino precisamente a través de un indígena, don José Hueichatureo Chicuy, de la nación de los Huilliches señores del archipiélago de Chiloé. Este era obrero agrícola en la estancia Cerro Guido, junto a los hermosísimos picachos conocidos como las "Torres del Paine". Su pasión era coleccionar puntas de flecha y boleadoras prehistóricas. Mientras manejaba un "bulldozer" para preparar empastadas artificiales, notó un túmulo que le pareció prometedor. Con cuidado manipuló la pala mecánica haciendo un surco al borde de la colina artificial. Luego se acercó llevando un azadón. Lo que descubrió enseguida lo dejó helado: emergiendo de la tierra sobresalía un enorme hueso negruzco, una tibia humana pero muchísimo más grande que la tibia de un caballo percherón.

Por fortuna Hueichatureo Chicuy trabajaba para gente muy culta que disponía de medios suficientes. Junto con avisar a la policía se invitó a los periodistas de Punta Arenas. Asimismo, un telegrama urgente era despachado a París, donde los estancieros tenían una antropóloga amiga, Mme. Emperaire.

Se trataba de un túmulo funerario familiar, y su antigüedad no era mucha: alrededor de 500 años. Es decir, los restos que allí yacían pertenecían a patagones contemporáneos de los cuales hablaba Antonio Pigafetta en su libro. Los cálculos antropométricos determinaron que la estatura de estos aborígenes oscilaba entre los 2.8 y los 3.2 metros... exactamente la estatura descrita por el joven italiano. Eran los restos palpables y lamentables de los legendarios habitantes de la Patagonia, los gigantes patagones.

El nombre "patagón" les fue impuesto por don Hernando de Magallanes, impresionados por el tamaño de las huellas que dejaban. Hay otros patagones en el mundo. "Pie Grande", "Big Foot", el legendario gigante de los bosques del Canadá y Estados Unidos ha sido descrito como un gigante lerdo, que apenas da muestras de una inteligencia rudimentaria aunque es astuto, muy astuto.

También el Yeti de los Himalayas deja unas grandes huellas. Y son tímidos estos gigantes. ¡Tienen razones para temer al hombre!

¿Qué se hicieron los patagones? ¿Por qué no volvieron a ser vistos después del paso de los europeos en la escuadra de Hernando de Magallanes?

Hay una posible explicación que es dolorosa. Hombres sanos, que por siglos se habían adaptado a los fríos de la región magallánica sin necesidad de mucho abrigo, probablemente no estaban preparados para resistir el ataque de los microbios y virus que los europeos llevaban consigo.

Gripe, tuberculosis, sífilis... la terrible viruela.

Cuando comprendieron que los recién llegados no eran los seres de bondad que descendían del cielo, los patagones huyeron hacia el interior, hacia los laberínticos valles y canales de la vertiente occidental de los Andes. Allí habrían encontrado refugio seguro... pero la muerte iba con ellos.

Cada hermano que les brindaba auxilio quedaba marcado por la muerte invisible: el contagio. No sobrevivió ni uno solo de aquellos gigantes de bien formados cuerpos y de tres metros de estatura.

2 comentarios:

Vicente Jiménez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Vicente Jiménez dijo...

¡De verdad me he enganchado!... magnífica narración de gigantes verdaderos, con muchos detalles y muy buena a nivel semántico. Hubiera estado bien incluir el relato de Juan de Velasco en su "Historia Natural del Reino de Quito", donde cuenta la historia de que se encontró en Ríobamba junto a otros esqueletos de indígenas, el de un gigante que media 7 metros, que al final, debido al demasiado interés que despertó en la población, fue mandado quemar por orden del corregidor de la época. Saludos y repito muy buen artículo