martes, 11 de diciembre de 2007

Lee Harvey Oswald, ¿hombre de negro o cabeza de turco? II


(2da Parte)


Llegados a este punto, y analizando fríamente el conjunto de evidencias que envolvieron el asesinato del presidente Kennedy, no podemos por menos que pensar que existió una conspiración para matarle, donde el único cabeza de turco habría de ser el eslabón más endeble y vulnerable de la cadena: Lee Harvey Oswald.

Analicemos punto por punto el proceder oficial durante el día de la visita del presidente Kennedy a Dallas, ya que consideramos que se prescindió de las reglas más elementales de seguridad.

  • Las calles designadas para el circuito del vehículo oficial fueron cerradas al tráfico tan sólo 2 horas antes que éste diera comienzo. Esto es, a las 10:00 de la mañana. Siendo este dato correcto, ¿de qué tiempo pudieron disponer los agentes de seguridad para inspeccionar la ruta, papeleras, portales, alcantarillas y, en consecuencia, valorar mínimamente el telex recibido en el departamento del FBI de Dallas, cinco días antes?

  • Es inconcebible que el Presidente y el Gobernador del Estado de Texas, John Connally, fueran en el mismo vehículo.

  • De igual modo, no se entiende por qué el vehículo del Presidente encabezaba la comitiva, precedido tan solo por unos cuantos agentes motorizados.

  • El trazado del circuito no debería haber observado un giro tan brusco desde la calle Houston a la Calle Elm.

  • El servicio de seguridad del presidente no debería haber permitido que la limusina no llevase capota, máxime cuando el Lincoln oficial tenía un diseño de cristal transparente antibalas para la protección de sus ocupantes.

  • El servicio de seguridad no debería haber permitido que hubieran tantas ventanas abiertas a lo largo del recorrido del vehículo.

  • Habían muy pocos policías apostados en el circuito. La seguridad programada no debería haber dejado tanto espacio entre ellos.

  • El vehículo jamás debió circular a 10 Km/Hora. De ser así, el servicio de protección personal debía estar apostado y corriendo junto a la limusina.

  • No se apostaron francotiradores cubriendo una posible retirada de la caravana oficial.

  • Los miembros del cuerpo de protección personal –guardaespaldas– no debían estar tan lejos del vehículo del Presidente en un punto de marcha lenta y posibilidad de aproximación de la multitud.

Estas premisas, tan obvias en cualquier cuerpo de seguridad, no parecieron tan importantes a los ojos de la Comisión Warren. Que el cuerpo de policía dispusiese un tan precario sistema de transporte y protección para el presidente de los EE.UU. habiendo sido anunciada esta visita con varias semanas de antelación, no pareció nada sospechoso para la Comisión Warren. Pero había más puntos ilógicos en este affaire:

  • ¿Por qué "Oswald" no disparó mientras el vehículo circulaba por la calle Houston, una calle perpendicular al almacén de libros? Cualquier tirador aficionado sabe que el disparo más sencillo sobre un blanco en movimiento es el disparo desde la frontal del mismo, porque el móvil va creciendo ante los ojos del tirador, lo que favorece la apreciación del blanco. Además, si Oswald hubiese fallado el primer disparo, aun así hubiese tenido mayor número de oportunidades, dado que la limosina del presidente se veía sistemáticamente obligada a seguir circulando hacia él.

  • ¿Por qué los testimonios de 51 testigos que afirmaban haber oído disparos provinentes de la verja del montículo situado junto al almacén de libros de la calle Elm, fueron obviados por la Comisión Warren? Muchos de ellos estaban a muy pocos metros de donde fueron efectuados los disparos de un segundo tirador, incluyendo al camarógrafo aficionado Abraham Zapruder que consiguó la cinta más corta y cara (25.000 dólares) de toda la historia de la filmoteca mundial. Incluso varios pudieron ver el humo provocado por, al menos, dos disparos. Incluso un análisis practicado sobre una grabación realizada durante el tiroteo por un aficionado afortunado, Lee E. Bowers, apostado en la acera de la calle Houston, reveló la existencia de un segundo tirador tras la verja de la calle Elm.

  • ¿Por qué la Comisión Warren apoyó la hipótesis del "único tirador - tres disparos" incluso tras comprobar la existencia de los testigos que afirmaron haber visto un segundo tirador?

  • ¿Por qué la Comisión Warren no recogió el testimonio de James Tague, el testigo que fue alcanzado por una de las balas durante el tiroteo, cerca del puente de la calle Elm? Este testimonio demuestra que hubo un segundo o un tercer tirador que disparó contra el Presidente, casi a nivel del suelo y desde su espalda.

  • ¿Por qué no se prestó atención a la prueba de nitrato que demostraba que Oswald no había disparado ningún tipo de arma el día 22? Más aún, ¿por qué nadie se molestó en comprobar si la carabina había sido disparada aquel día?

  • ¿Por qué no existe constancia de la detención de varios mendigos que estaban apostados en las cocheras de los vagones de tren tras la verja del montículo elevado, cuando incluso fueron fotografiados por un periodista de la revista Time-Life?

  • ¿Por qué el conductor de la limosina oficial, Bill Greer, no acelera cuando escucha los primeros disparos, sino que incluso disminuye la velocidad del vehículo? Es sorprendente ver en la grabación de Zapruder que, mientras el Gobernador y el Presidente se contorsionan de dolor durante aquellos interminables siete segundos, e incluso habiendo gritado Connally "¡Dios mio, nos van a matar a todos!", Creer parece mirar atrás intentando adivinar si aquello es cierto o ficción.

No, personalmente estoy convencido de que existió una conspiración para matar a John Fitzgerald Kennedy. Una conspiración tramada en las más altas cumbres políticas de los Estados Unidos, que incluso podrían haber tenido como cabeza el entorno del siguiente mandatario de la Casa Blanca, Lindon B. Johnson. De no ser así, cómo contestar a estas preguntas:

  • ¿Por qué el mismo presidente accidental Johnson ordenó limpiar y reparar la limosina tras el atentado? Jamás podremos adivinar que innumero de evidencias fueron ocultadas con aquella maniobra: número de balas, agujeros en la tapicería, sangre, etc. Hoy, después de haber servido a varios Presidentes norteamericanos posteriores a Kennedy, la limosina yace en un museo tan impoluta y radiante como el primer día.

  • ¿A quien se le ocurre enviar la ropa del gobernador Connally, agujereada y llena de sangre, a una tintorería para "quitarle las manchas"?

  • ¿Por qué se insistió en hacer una autopsia militar segundos después de haber comenzado una primera autopsia civil, transportando el cuerpo de Kennedy fuera de Dallas?

  • ¿Cómo es posible que el patólogo jefe y sus subordinados destruyeran sus notas y apuntes tras la autopsia de Kennedy? Por supuesto, los patólogos recibieron la orden de no hablar sobre lo sucedido en el quirófano.

  • ¿Por qué se intentó camuflar la herida en la base del cuello de Kennedy, con una burda traqueotomía? Con esa incisión se destruyó toda prueba sobre la dirección y rumbo de la bala.

  • ¿Cómo es posible que, estando el cuerpo de Kennedy en poder de los militares, desapareciera la sección de cerebro que no había sido arrancada por el disparo? Esa sección podría haber ofrecido importantes datos sobre la trayectoria de la bala que sentenció el destino de Kennedy.

En definitiva, en la actualidad, y gracias a la cautelosa y milimétrica intervención política y militar en la autopsia de Kennedy, no existe ninguna evidencia o testigo que pueda arrojar mayor luz sobre el número de proyectiles y tiradores que tomaron parte en el tiroteo del 22 de noviembre de 1963. Sin embargo, podemos evaluar algunos datos que confieren amplia credibilidad en la hipótesis de la conspiración contra el presidente de la Casa Blanca.

La bala mágica

Por un lado tenemos el testimonio del citado James Tague, quien fue rozado por una de las balas disparadas aquel día, bajo el puente de la calle Elm, a más de 30 metros del vehículo oficial. Una. Por otro lado, tenemos la bala que acertó en la cabeza del presidente Kennedy. Dos. Y, en consecuencia, nos queda una sola bala disparada para las otras siete heridas en los cuerpos del presidente Kennedy y del gobernador Connally. Enumerémoslas: Cuello y espalda de Kennedy, y axila, pecho, muñeca y muslo (anterior y posterior) de Connally. Después de este delirante recorrido, la bala fue hallada en perfecto estado encima de una de las camillas del hospital.

No sin cierta picardía, la Comisión Warren bautizó aquel proyectil como "bala saltarina". ¿Cómo puede un pedazo de plomo romper tejidos y huesos (la quinta costilla y el radio de Connally) y salir de dos cuerpos sin un pobre arañazo? Por cierto, el propio gobernador Connally mostró su desacuerdo con la Comisión Warren afirmando que no fue alcanzado ni por el primero ni por el tercero de los proyectiles. ¿Y quien con más autoridad para saber sobre el tema?

A todas estas contradicciones, debemos sumar que el fusil de Oswald era una barata carabina italiana apodada "arma humanitaria", por su bajo registro en aciertos durante una sesión de tiro sobre blancos móviles. Carabina que, para más inri, tenía la mirilla telescópica descompensada y, por si fuera poco, necesita más de 2 segundos para recargar un nuevo cartucho, expulsar la vaina utilizada, amartillar el percutor y apuntar medianamente bien. ¿Y aún pretende la Comisión Warren que Oswald pudo disparar tres balas en menos de ocho segundos? Hasta la fecha, infinidad de tiradores de élite han intentado imitar a Oswald en similares condiciones, sobre blancos móviles y con la misma arma. ¡Ni uno sólo de ellos lo ha conseguido!

Aportando mayor número de dudas al documento Warren, la segunda y tercera detonación son casi inmediatas, sin que haya posibilidad alguna de recargar el arma. Además, en cualquier ocasión, el primer disparo sería el más depurado de todos los efectuados en una sesión contra reloj, y según el juez Warren, el último (el tercero para él, que acertó en la cabeza de Kennedy) fue de una impecable perfección. Y aún más, ¿por qué la radio de un agente de policía motorizado que seguía la limusina del presidente a poca distancia, recogió accidental y afortunadamente el sonido de, al menos, seis detonaciones?

Sobre este particular, se ha afirmado más recientemente que la primera detonación recogida en la grabación corresponde a un débil estallido producido por el motor de una de las motocicletas policiales (muy oportuno, la verdad), que la tercera es el eco del primer disparo de Oswald, y que la sexta fue recogida por la radio del agente varios minutos después del incidente. De esto ser cierto, ¿quién disparó varios minutos después camino del hospital?, ¿Por qué el cuarto disparo no provoca ningún eco?

Esta explicación es ilógica. Si conjuntamos la grabación de audio con la filmación de Abraham Zapruder, observaremos que todas las detonaciones se corresponden con algún movimiento anormal o violento de Kennedy y/o Connally, producido, sin duda, por los impactos en sus cuerpos. Todas las detonaciones, a excepción de la primera –para la que no hay que buscar demasiado para encontrar una relación con el testigo James Tague–, tienen una base constatable en la cinta de Zapruder. Además, un humilde estudio sonográfico de la grabación descubre que todas las detonaciones muestran exactamente el mismo recorrido de ondas en un osciloscopio. Es decir, todos los sonidos recogidos por la radio del policía son disparos.

En mi opinión, aunque la humilde carabina de Oswald se hubiera encasquillado y el percutor se hubiese partido después del primer disparo, no hubieran sido suficientes indicios para la Comisión Warren para sospechar una obvia conspiración contra Kennedy.

Sin embargo, no existe ninguna posibilidad de conseguir rescatar nuevas evidencias sobre lo que ocurrió aquel día de noviembre de 1963, cuando un "buen presidente" fue acribillado mientras saludaba a la multitud que flanqueaba la calle Elm de Dallas. Y no es posible rescatarlo porque, increíblemente, no quedan testigos presenciales del magnicidio ni personas relacionadas con el mismo. En los siguientes tres años, todo aquel relacionado estrechamente con el asesinato del presidente o con los testigos presenciales que podían conocer datos ocultos para la mayoría de nosotros, murieron en extrañas circunstancias. ¿Un breve repaso...?

  • Lee H. Oswald, presunto magnicida. Asesinado por Jack Ruby ante decenas de policías y periodistas.

  • Jack Ruby, asesino de Oswald. Muerto de cáncer en prisión.

  • Abraham Zapruder, autor de la filmación del asesinato de Kennedy. Cáncer.

  • Clay Shaw, empresario y miembro del crimen organizado. Cáncer.

  • Tom Howard, abogado de Jack Ruby. Ataque al corazón, no hubo autopsia.

  • Earlene Roberts, secretaria de Ruby. Ataque al corazón, no hubo autopsia.

  • William Whaley, taxista cuyos servicios usó Oswald durante su huida de la escena del crimen. Implicado en un accidente de tráfico, el otro conductor huyó y jamás fue encontrado.

  • Edward Benavides, hermano gemelo de Domingo Benavides, testigo ocular del asesinato del agente Tippit. Atropellado por un conductor que se dió a la fuga.

  • Lee Bowers, testigo que filmó el posible segundo tirador tras la verja de la Calle Elm. Accidente de tráfico sin un motivo aparente.

  • Mau Shown, suministraba drogas a Ruby. Atropellada en una carretera solitaria, el conductor se dio a la fuga.

  • David Ferry, amigo de Oswald. Derrame cerebral sin causa determinada.

  • Jim Koethe, escritor de un libro sobre el magnicidio que jamás vio la luz. Asesinado por un golpe de karate.

  • Bill Hunter, reportero policiaco que tuvo acceso a las actas. Un policía le disparó accidentalmente cuando abandonaba el Dpto. de policía de Dallas.

  • Nancy Monney, bailarina y amiga de Ruby. Ahorcada en prisión tras ser detenida en una redada.

  • Hank Killam, esposo de una empleada de Ruby. Degollado en Florida, nunca se encontró al asesino.

  • Dorothy Killgallen, reportera que consiguió entrevistar a Ruby en prisión. A la mañana siguiente, fue hallada muerta tras haber ingerido una sobredosis de somníferos. Sus notas nunca fueron halladas.

  • Bill Decker, sheriff del condado que acompañaba a Kennedy en el vehículo oficial. Causa de la muerte, desconocida.

Y la lista continúa con un sinfín de implicados, directa o indirectamente, en el asesinato del presidente Kennedy y sus consecuencias posteriores. Muchos de ellos tienen una innegable relación con los datos omitidos o minimizados por la Comisión Warren, organización que tergiversó y falsificó declaraciones, mutiló informes y manipuló testigos. Una organización que sometió a la viuda de Oswald, Marina, a dos meses angustiosos de interrogatorios ininterrumpidos hasta hacerla cambiar de opinión sobre su esposo. Una organización que trabajó a marchas forzadas por instrucciones personales del presidente Lyndon B. Johnson. Una organización que desestimó declaraciones de decenas de testigos, simplemente porque no coincidían con un planteamiento genérico previamente decidido. Una organización que tergiversó y ocultó pruebas que apoyaban la hipótesis de la conspiración. Una organización que no tuvo valor de denunciar un asesinato premeditado posiblemente en las más altas esferas politico-militares de su país.

Lo cierto es que todavía debemos esperar más de treinta años para conocer las verdaderas cuestiones elementales que desde 1963 naufragan en este mar de cuestiones. El Gobierno estadounidense tuvo la precaución de designar una fecha para desclasificar la información subjúdice sobre este crimen, que no permitiera a los interesados en que se hiciera justicia, denunciar a los implicados en esta conspiración. Mientras tanto, debemos confiar en nuestra intuición y sopesar las evidencias recogidas a lo largo de los años sobre este truculento asunto.

Debemos analizar el comportamiento de las autoridades norteamericanas antes y después del asesinato de Kennedy –e incluso durante–, y meditar si es posible cometer tantos errores en tan poco tiempo. Debemos observar las consecuencias posteriores a la muerte del Presidente y meditar si ese era el planteamiento que la mayoría de norteamericanos deseaban y admiraban en el antecesor de Lyndon Johnson. Y, por último, debemos tener suficiente valor para denunciar la despreciable maniobra premeditada por los que no quisieron ofrecer la verdad completa al pueblo norteamericano y, en consecuencia, a todo el mundo.

Las últimas incongruencias del Caso Oswald

Una de las mayores críticas recibidas por la Comisión Warren tras su dictamen, donde observaba como único responsable del magnicidio al empleado del almacén de libros de Texas de la calle Elm, Lee Harvey Oswald, fue que el único fin de dicha comisión fue demostrar la implicación de éste en el asesinato, sin observar acaso que hubiera existido una implicación de terceros en la misma. Es decir, lo importante no era demostrar que hubo una conspiración en el asesinato de Kennedy, sino que Oswald estuvo implicado como único responsable en él. Hasta tal punto es así que cualquier referencia o apunte que arrojase luz sobre esta posibilidad era sistemáticamente anulado, omitido o, en el caso de existir testigos en su favor, eran desmentidos por la Comisión.

En este particular, el caso del pueblo contra Oswald no se pugna únicamente en la plaza Dealey, la mañana del 22 de noviembre de 1963, donde 33 testigos presenciales de vital importancia fueron invalidados por la Comisión Warren por el mero hecho de haber apuntado a la verja de madera del montículo de césped en frente del almacén de libros, y no a éste como lugar de procedencia de los disparos. El caso del pueblo contra Oswald no se pugna únicamente en los testigos que contradicen todas y cada una de las aseveraciones de la Comisión Warren entorno a la persona de Oswald, incluyendo los que le sitúan aquella mañana en emplazamientos diferentes al sexto piso del edificio y que era un cero a la izquierda con las armas de fuego. El caso del pueblo contra Oswald no se pugna únicamente en saber que un chaval de 24 años puso fin a la vida de un Presidente, sino en saber si ese chaval fue entrenado para ser el perfecto cabeza de turco.

Hemos visto y señalado algunos detalles en la vida de Oswald que sorprenden por su incoherencia, ahondando en los sin motivos, las suspicacias y el doble juego, despropósitos que indican que Oswald sufría un estado de alteración psicológica evidente, que alguien incluso ha llegado a achacar a su desmesurado deseo de figurar, tomar las riendas de su vida y la de otros, baja autoestima… sea como fuere, en no pocas ocasiones hemos apuntado detalles que confieren a la vida de Oswald una doble personalidad incoherente e irreflexiva. Por ejemplo, su postulado a favor y, al mismo tiempo, en contra de la política de Fidel Castro mientras estuvo viviendo en Nueva Orleans, tan obvia y fácil de constatar y descubrir que sólo un suicida podía correr tal riego, demuestra que Oswald era poco menos que un enfermo mental o, la más absurda de las hipótesis: que existían dos "Oswalds" completamente idénticos pero también completamente diferentes. Y esta sección está creada con ese fin: demostrar que Oswald era una quimera para sí mismo, una identidad creada desde su más tierna infancia con un sólo fin: ser un instrumento para los intereses de su país.

Esta hipótesis, aunque aparentemente descabellada y especialmente enrevesada, no es en absoluto el campo de batalla de nuevos buscadores de misterios dentro del magnicidio. Las pruebas que apuntan a esta posibilidad ya son apuntadas por la Comisión Warren en su informe, aunque también son descartadas con la mayor presteza, tachando de equívocos y de errores a los que apuntan la existencia de dos Oswald de características físicas similares, detectados en diferentes puntos del país al mismo tiempo o con conocimientos y actitudes diferentes. Pero las sospechas alcanzaron una mayor difusión en 1966 y 1967 durante la investigación y posterior juicio contra Clay Leavernne Shaw, llevada acabo por el fiscal del distrito de Nueva Orleans, Jim Garrison, en el primer juicio popular que observó la posibilidad de una conspiración en el caso del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. Las pruebas, las antiguas y las más recientes, son mostradas aquí.

Lee Harvey Oswald fue operado de amigdalitis en dos ocasiones, en 1945 y en 1957, y en ambas ocasiones fue redactado un documento en su historial médico para evidenciar la intervención quirúrgica. En ambas ocasiones, las amígdalas fueron extirpadas… Cualquier aficionado a la medicina puede certificar que las amígdalas no vuelven a crecer.

James B. Wilcott, un ex contable de la CIA, juró en una sesión confidencial del Comité Selecto para Asesinatos que fue informado por otros empleados de la CIA que Lee Harvey Oswald estaba pagado por la CIA, y que ese dinero que él había desembolsado era para "Oswald o el proyecto Oswald". El informe de dicho comité indicó que otros empleados de la CIA rebatieron el testimonio de Wilcott, pero ninguna de sus declaraciones fue incluida en el informe.

Marina Oswald, la esposa de Lee, testifica junto a decenas de allegados a él, que no tenía ni vehículo propio, ni carnet de conducir ni que tuviera nociones de conducción. Nadie de su entorno más cercano vio nunca a Lee conduciendo un coche. Sin embargo, investigadores han encontrado recientemente a compañeros de Oswald tanto en Nueva Orleans como en el almacén de libros de Texas, en Dallas, que no sólo dicen que supiera conducir, sino que incluso le acompañaron en el interior de un vehículo, mientras él conducía.

El día del magnicidio, Oswald fue visto desde primera hora de la mañana, vistiendo una camiseta de color marrón por muchos testigos del almacén de libros e incluso por el vecino con quien viajó hasta allí, Wesley Frazier. Al mismo tiempo, otro buen número de testigos vio a Oswald en los alrededores del edificio vistiendo una camisa de color blanco.

Varios testigos identificaron al asesino del agente J. D. Tippit, vistiendo una camisa blanca o de un color claro. Cuando Oswald fue detenido en el cine Texas, vestía una camisa de color oscuro. Al mismo tiempo, la cartera de Oswald fue hallada en el lugar del asesinato de Tippit con su documentación y allí fue registrada. Cuando el presunto asesino fue conducido hasta el DPD, fue registrado y le fue encontrada la cartera en el bolsillo trasero de su pantalón… con la misma documentación.

Unas 12 horas después del asesinato, por la mañana del día 23, Mary Lawrence estaba trabajando en el Restaurante B & B, a poco metros del Vegas de Jack Ruby. Ella era la camarera a cargo y conocía a Jack Ruby por más de 8 años. Ella y la cajera nocturna vieron a Jack Ruby y una persona idéntica a Lee Harvey Oswald en el restaurante poco después de medianoche. Ella informó esto a la Policía de Dallas y recibió una llamada telefónica el 3 de diciembre, de un varón desconocido que le dijo "si no quiere morir, mejor será que abandone la ciudad". Cuando después fue entrevistada por la Policía de Dallas, Mary Lawrence declaró que el hombre con Ruby era "con toda seguridad Lee Harvey Oswald". Ni Mary Lawrence ni su amiga fueron entrevistadas por la Comisión Warren.

Hasta aquí unos puntos harto significativos que indicarían la presencia en escena de un siniestro "segundo Oswald", una tapadera para las maniobras aparentemente carentes de sentido del presunto magnicida. Sin embargo, las dos pruebas que más determinan esta, lo reconozco, increíble hipótesis son las siguientes:

A su vuelta de Rusia, Oswald viaja a Ciudad de México para encontrarse con tres agentes de la KGB, con la intención de solicitar un permiso para emigrar a Cuba. Independientemente del contexto y resultado de aquella reunión, cabe señalar que el servicio de seguridad de la Embajada Soviética en México tomó unas imágenes del presunto Oswald.

Nadie hasta el día de hoy puede dar crédito a que la persona que aparece en la imagen es Lee Harvey Oswald. Sobre todo teniendo en cuenta el testimonio de una exiliada cubana afincada en Nueva Orleans llamada Silvia Odio que recibió precisamente en esas fechas la visita de unos compatriotas cubanos que le presentaron a Oswald bajo el nombre de León Oswald. La Comisión Warren afirma que la Srta. Odio se equivoca ya que Oswald está en Rusia intentado emigrar a Cuba.

Lo interesante de la reunión con ella fue el modo en que los compatriotas cubanos intentaron por todos los medios que la exiliada cubana recordase a toda costa la fisonomía y las tendencias políticas de Oswald. Estos, después de abandonarla a altas horas de la madrugada, volvieron a llamarla horas después para preguntarla qué le había parecido el americano que le habían presentado, el tal Leon Oswald, describiendo algunas de sus peculiaridades, expresiones, etc. Silvia Odio, años después, describiría ante los periodistas e investigadores que, tras el magnicidio y atando cabos, comprendió que aquella fue una maniobra de camuflaje y que ella había servido como coartada para algún motivo, cualquiera que éste fuera.

La segunda prueba que muestra que la hipótesis del Oswald2 es real, es, a pesar de ser bastante desconocida, la más evidente de cuantas hayamos podido reproducir:

En noviembre de 1954, según el testimonio principal del profesor del Beauregard Junior High School de Nueva Orleans, Ed Voebel, Lee Oswald mantuvo una dura pelea con un compañero suyo, Johnny Neumeyer, a consecuencia de la cual Lee resultó herido en la cara, desgarrándose el labio superior y perdiendo el diente incisivo superior izquierdo, que fue segado de raíz. Como prueba de este enfrentamiento y posterior consecuencia, existe una fotografía tomada ese mismo año por el propio Ed Voebel de la clase de Oswald donde un sonriente jovencito de 15 años de nombre Lee Harvey Oswald, parece indicar a la cámara que le falta un diente en su maxilar superior.

Pues bien, La inspección médica del cuerpo de marine de los EE.UU. reportó que el Lee Harvey Oswald que acababa de alistarse en sus filas con 18 años no carecía de ningún diente en su boca.

Es más, en 1981, cuando el cuerpo de Oswald fue exhumado de su tumba gracias a los esfuerzos del escritor Michael Eddowes, fue realizado un muy completo estudio fotográfico y de Rayos X de los restos del cadáver. La imagen obtenida de la zona maxilar es completamente reveladora...